Contenido:

1.- Historia de fotógrafos echada a menos y el ocaso de las cámaras minuteras en Cusco.

2.- Músico del pueblo Ricardo Castro Pinto.

 


Historia de fotógrafos
echada a menos y el
ocaso de las
cámaras minuteras en Cusco

Omar Paredes Medina

Buenas señor, necesito que me tome unas fotos para mi DNI.

    - Ya pues, por seis soles seis fotos. Venga.

Seguidamente Bernardo Quispe levantó el banquito en el que estaba sentado y lo puso al costado de la torre central de la Iglesia de San Francisco, que estaba a unos metros de ahí. Sacó una pequeña tela blanca de un maletín y le preguntó:

    - DNI, con fondo blanco no?.

El muchacho le contestó ¡sí claro!

Bernardo Quispe colgó la tela en el muro de la iglesia con unos clavitos sacados del bolsillo y el muchacho se sentó, mirando a la cámara, con el fondo blanco colgado en el muro.

Son las 11 30 de la mañana y Bernardo Quispe, Juan Bautista Olabarreda y Mario Valencia están en su puesto de trabajo: la esquina de la Iglesia de San Francisco, entre las dos puertas de ingreso. Son fotógrafos de manga o fotógrafos de cámara minutera.

Pertenecen a la época dorada de la fotografía cusqueña, los años '40 y '50. Estos fotógrafos de manga aparecen en Cusco durante la Segunda Guerra Mundial acoplando cajas oscuras de manufactura nacional, con lentes de cámaras fotográficas de los años '20 y '30. Jorge Pacheco recuerda a algunos fotógrafos que trabajaban en esos años en la Plaza de Armas.

- Cuando tenía 9 años, recuerdo a algunos de los fotógrafos, estaba el señor Sánchez, Chávez, Gonzales, Puelles; ya todos han fallecido, sólo queda este señor Sánchez, pero ya no ejerce este oficio. Posteriormente aparecieron otros dos que son los que actualmente están en la Plaza San Francisco: Bernardo Quispe y Olabarreda.

Jorge Pacheco es técnico de cámaras fotográficas desde 1951. Puso su primer taller de fotografía en la Calle Triunfo y dice ser el primero en poner la luz artificial al servicio de los fotógrafos de la época; también tenía un pequeño estudio fotográfico dentro del taller donde sacaba fotos tamaño carné y pasaporte en blanco y negro.

Bernardo Quispe Tintaya aprendió el oficio de la fotografía en 1958 en Lima, viajó con su cámara minutera por el norte y la sierra central antes de llegar al Cusco.

Es cámara minutera porque a los 15 minutos el cliente ya tiene la fotografía en sus manos, nos explica; yo siempre he trabajado acá en la Plaza San Francisco. Antes había nueve fotógrafos en la Plaza de Armas que formaban un grupo y nosotros aquí éramos cinco fotógrafos; o sea que estábamos distribuidos en varios sitios.

Había dos tipos de fotógrafos en la ciudad: los fotógrafos de estudio o galería y los “minuteros”; estos últimos eran del pueblo. El fotógrafo de galería cobraba más y hacía el trabajo por seis fotos; en cambio, los minuteros lo hacían por pares y era mucho más barato y más rápido... Los escolares y la gente en general se tomaban las fotos para trámites documentarios y los domingos en las plazas.

La popularidad de estos fotógrafos duró hasta la llegada de la fotografía a color que fue en la década de los '60; rápidamente llegan laboratorios fotográficos; poco a poco el color se va democratizando y se vuelve más accesible para las personas.

Jorge Pacheco nos explica: El material que venía normalmente para la minutera era alemán; “Afga”, se llamaba me acuerdo- Papel Momento que venía en paquetes de 100 postales de 10 x 15 cm de tamaño, o sea tamaño postal. La postal servía para tomar personas en grupos, enamorados, soldados, era muy democrático. Luego había otro tamaño que era la media postal, otro el pasaporte y el carné, que ellos los fotógrafos de manga- lo cortaban en su casa con un foco rojo de seguridad- que no malograba el papel fotográfico y los guardaban en sus postaleras.*

El proceso de revelado y ampliación de las fotografías a color necesita de una tecnología más avanzada que las cámaras minuteras no poseen. El afán por retratar personas y momentos familiares de forma más real, vale decir a color, produce una demanda cada vez más pequeña por el blanco y negro y son los fotógrafos de manga los más afectados pues ven reducidos sus ingresos de forma dramática. Este proceso de apropiación del color por parte de los cusqueños duró varios años, usted lector puede ver en sus fotos familiares que el blanco y negro todavía se siguió usando hasta mediados de los años '70.

Bernardo Quispe nos comenta: hasta los '80 que la gente nos pedía en blanco y negro. A partir de ese año ya se ve que la gente prefería el color. Ahora lo que nos ha mantenido ha sido la graduación del profesorado de primaria que todavía piden fotos tamaño pasaporte blanco y negro; el resto es turismo.

Antes el par de fotografías en blanco y negro tomadas por una cámara minutera costaba el equivalente a 2 ó 3 soles; ahora cuesta 10 soles pues el papel fotográfico ha subido de precio, al igual que los químicos para el revelado.

Antes ganaba más con este negocio, ahora ya no, a ninguno de mis hijos le interesa la fotografía. Si nosotros morimos, no va a haber nadie que sepa el negocio de la cámara minutera; pero eso ahora tampoco ya importa... comenta Bernardo.

Ahora hablar de cámaras minuteras, es hablar de artefactos prácticamente en desuso. Hablar de fotógrafos de manga, es hablar de fotógrafos reinventados con un par de cámaras fotográficas de los años '60 colgando del cuello; siempre al lado de estas enormes cámaras de madera que funcionan de escritorio donde guardan algunos papeles, bolsas de plástico y fotografías a color. Para estos fotógrafos son una especie de garantía de su profesión y es así como la gente los identifica. Antes en 15 minutos entregaba la foto, ahora depende; si tomo en la mañana, a la 1 de la tarde ya esta lista siempre y cuando yo haya usado al menos 10 tomas del rollo... dice Bernardo.

Los fotógrafos de manga estuvieron organizados en un pequeño sindicato que se denominaba “Sindicato Único de Trabajadores Fotógrafos del Cusco”, que nació en los años '60 de la mano de Martín Chambi, el que fue su primer presidente, y que se integró a la Central General de Trabajadores del Perú (CGTP) que en esos años fue reconocida formalmente por el General Velasco.

Jorge Pacheco cuenta que en los años '50 los primeros fotógrafos de manga estuvieron en la Plaza de Armas y se organizaron en un sindicato pequeño y cerrado, afiliado a la Asociación del Señor de los Temblores y su punto de encuentro era el costado de la Catedral. ...este sindicato no permitió el ingreso de fotógrafos extraños a la Plaza de Armas, en caso de reconocer al intruso, lo corrían hacía la calle Triunfo, afirma.

Poco a poco estos fotógrafos empezaron a desaparecer a inicios de los años '80, algunos convencidos de lo poco rentable del negocio; otros por ley de la vida. La estocada final la da una gestión municipal, expulsando a los fotógrafos de manga del corazón de la ciudad: la Plaza de Armas y alrededores. Son dos las versiones de los narradores de esta historia: Jorge Pacheco dice que fue a mediados de los años '90 cuando el Alcalde Salizar hace cambios en la Plaza de Armas y quita los árboles de los jardines. Bernardo Quispe tiene otra versión, dice que fue a fines de los noventa que a todos se les echó de la Plaza de Armas. Lo cierto es que estos fotógrafos de manga han sido avasallados por el mercado de la fotografía a color, por el gobierno municipal y por el tiempo; no se ha visto en esta ciudad patrimonial, la importancia de la fotografía popular en la historia de la fotografía cusqueña, opacada por la calidad artística de fotógrafos como César Meza, Eulogio Nishiyama, los hermanos Cabrera, entre otros; con el nacimiento de los fotógrafos de manga se puede ver una sociedad que ya empezaba a diferenciarse mediante el consumo y el acceso a bienes de entretenimiento.

La fotografía es un importante recurso de construcción y reconstrucción de la identidad de los pueblos que no han tenido la posibilidad de documentar sus modos de vida mediante la escritura y otros medios; retratar la historia de la fotografía en Cusco a través del lente de fotógrafos profesionales y mediante los distintos usos prácticos que le daban las clases populares, nos permite conocer nuestra historia no solo como un continuo de monumentos y expresiones artísticas, sino como un conjunto de interacciones sociales, de ofertas y demandas donde los bienes culturales también son funcionales para una sociedad contrastada y heterogénea.

El afán de los cusqueños por rescatar sólo los aspectos preciosistas de la ciudad, y construir una suerte de ciudad para el turismo, nos impide ver actividades populares que hoy se muestran agonizantes: los fotógrafos de manga, las familias que trabajan el bordado y la cerería. Ya es hora de despertar.

 


Don Ricardo Castro Pinto, uno de los principales exponentes de la música sacra cusqueña, músico audidacta y recopilador de la música autóctona es uno de los pocos que se resisten a creer que la música popular desaparezca ante la avalancha de la música moderna, que ha puesto de moda a ritmos foráneos que van desde el polémico reggaeton o perreo hasta el rock y otros ritmos. La música es el lenguaje universal, eso lo sabemos; pero aceptemos lo foráneo a partir de querer y cultivar lo nuestro.

A sus casi 90 años bien vividos el maestro Ricardo Castro Pinto, sigue escribiendo y tocando música. Cuando le pedimos una entrevista nos citó en el convento de la Merced donde suele tocar el órgano, el contrabajo o el acordeón en ocasiones especiales, como la novena a la Virgen Nuestra Señora de la Merced o en matrimonios. Hoy a pesar que le quedan pocos cabellos y el cuerpo ya no responde como antes continúa con el ímpetu de seguir enseñando y tocando música.

Quienes tuvimos la suerte de ser alumnos suyos aprendimos a cantar canciones en quechua como Valicha y los himnos Nacional y del Cusco. Todavía me acuerdo cuando nos enseñaba el solfeo y a pronunciar correctamente algunas palabras en quechua como “k’ente”, cuyo sonido al ser explosivo y glotal impresiona a cualquiera.

Don Ricardo Castro Pinto, nació en Tococachi K´icllo, ubicado en el barrio de San Blas en 1916. Sus padres fueron Juan Castro Patrón y Rosalía Pinto. De muchacho le gustaba ir a la Catedral para ver y oir tocar a don Mariano Ojeda, padre del maestro Roberto Ojeda. El le inspiró su afición por la música, primero por la música sacra y posteriormente por la música andina.

El padre Juan Francisco Palomino le prestó un viejo melodio o “pampapiano”, que es un instrumento de viento. Con él aprendió a ejecutar sus primeras notas, años después el maestro Manuel Pillco le enseñó a tocar este instrumento. Su acercamiento a las canciones de provincias se lo debe al padre Mayorga, quien le llevó a Paucartambo. Allí tuvo contacto con canciones y danzas tradicionales, inclusive tocó el bombo en la banda San Miguel de esa localidad. Estuvo también en el distrito de Quiquijana de la Provincia de Quispicachi y en los distritos de Haquira y Mamara de la Provincia de Cotabambas, Apurímac.

En 1944 ingresó en la Escuela Regional de Música, para mejorar sus conocimientos de música. Ello le permitió aprender, según él, lo que realmente significa la melodía y armonía, además pudo escribir música para conciertos y óperas. Uno de sus primeros trabajos fue la adaptación de la ópera “La Traviata” para una pequeña orquesta.

Muchos se preguntan cómo recogía las canciones, el nos cuenta su secreto “cuando iba a las festividades religiosas de los pueblos, como no había grabadora memorizaba las canciones. Luego de vuelta a la ciudad las copiaba y las trasladaba a la escritura musical. Sólo así pude conservar muchas canciones antiguas”. Agrega “también recogí algunas canciones, pero sin partitura musical por lo que tuve que darle la música predominante de la época”.

La música andina y en particular la música religiosa, según el maestro Pinto, resulta de la fusión de la música andina con la música occidental traída por los españoles. “En un inicio la música española fue rechazada porque era totalmente diferente. Fueron los jesuitas quienes escribieron música de culto en quechua con acordes y melodías locales. Esta música, sí tuvo gran pegada” señala. Resultado de ese trabajo tenemos el “Apuyaya Jesucristo”, “Qollanan María”, “Haku mamay puririsun”, entre otras canciones muy populares, que hoy se cantan especialmente en Homenaje al Señor de los Temblores.

El principal aporte de Ricardo Castro es la recopilación de 23 villancicos, 65 canciones religiosas y alrededor de 100 canciones andinas que van desde huaynos, marineras, carnavales hasta danzas. En su larga trayectoria grabó en vinilo dos long play con canciones andinas y villancicos. Señala que los temas de las canciones tradicionales se refieren fundamentalmente al amor, a las vivencias cotidianas, naturaleza, fe religiosa y a las actividades agropecuarias.

Algunas canciones recopiladas por él fueron publicadas en revistas de antaño, pero que desaparecieron con el paso de los años. “Al maestro Armando Guevara le di 65 canciones con los arreglos para una orquesta sinfónica. Es una forma de divulgar nuestra música para que no se pierda y recupere el sitial que se merece, dentro de nuestra cultura”, acota esperanzado en que nuestra música no desparezca.

Para él son dos, las canciones emblemáticas de los cusqueños: “Valicha” y “Capuli ñawi cusqueñita”. “La primera es conocida mundialmente, pero la segunda es cantada por los cusqueños residentes en tierras extrañas” acota Castro Pinto.

Su hijo Ricardo es quien, le sigue los pasos en la música, pero como dice preocupado “hay muy pocos cultores de la música tradicional, especialmente de la música sacra. Es más fácil coger cualquier huayno y ponerle música de culto. Será porque los párrocos ya no se preocupan en contratar músicos con formación musical y de organizar coros con niños y jóvenes como se solía hacer antes”. Don Ricardo Castro Pinto tiene la esperanza de que las nuevas generaciones de músicos egresados de la Escuela Regional Leandro Alviña, le sigan sus pasos en la recuperación y difusión de nuestra música tradicional.

Estudios: Seminario San Antonio Abad, Escuela Regional de Música.

Instituciones: Es miembro de la Hermandad del Señor de los Temblores desde 1950, socio de la Benemérita Sociedad de Artesanos de Cusco, integrante del Centro Qosqo de Arte Nativo y Danzas del Tawantinsuyo. Ha sido maestro durante 30 años en el colegio Garcilaso y 24 en La Merced.

Reconocimientos: Fue reconocido al conmemorarse el Sesquicentenario de la Independencia de Perú, le otorgaron la Medalla de la ciudad, fue reconocido por la Casa de la Cultura y el INC. Hace poco fue declarado Patrimonio vivo de Cusco.

Los músicos de capilla

Enrique Pilco Paz en un estudio sobre los Maestros de capilla, mestizaje musical y catolicismo en los Andes del sur, señala que el repertorio de los maestros de capilla, se gesta a partir de una combinación del modelo gregoriano con fuentes musicales indígenas. Este repertorio se impuso desde el siglo XVIII en las cartillas de catequización usadas en las misas y en las fiestas patronales. Debe quedar claro que no sólo se utilizaban los célebres himnos Apu Yaya Jesucristo o Qanmi Dios Kanki que provienen de inicios del siglo XIX. En el Cusco el repertorio religioso popular se fue renovando con los himnos que componían miembros del clero, como Fray José Gregorio Castro Miranda O.F.M., obispo del Cusco entre 1910 y 1917; o el cura predicador Nemesio Zúñiga; así mismo por músicos eclesiásticos como Don Ricardo Castro Pinto, maestro de capilla de la Catedral del Cusco, Don Damián Rozas, maestro de capilla de la iglesia de San Blas, entre los más conocidos. Gracias a la labor de los maestros de capilla, este repertorio está presente en todas las iglesias urbanas y rurales del Cusco, y su práctica asegurada hasta mediados del siglo XX. A partir de entonces, esta presencia decae de forma paralela al número de músicos drásticamente reducidos como producto de la modernización urbana de 1950. Asimismo, el contenido del repertorio sacro es severamente afectado por la aplicación de las reformas conciliares de 1962. Si bien estos factores fueron en contra de la permanencia de muchos maestros de capilla en sus puestos, la vigencia del repertorio tradicional en quechua, en la vida ritual, no se vio necesariamente interrumpida. Debido a que el valor ritual de los himnos en quechua recae en la simpleza de sus formas melódicas con las que fácilmente se identifica el pueblo, simpleza que caracteriza precisamente el saber y la práctica musical de los maestros de capilla.

 

 


Flor Canelo es una maestra, pianista limeña, formada en el Conservatorio Nacional de Música que llegó a nuestra ciudad en el año 1989 invitada por la directora del colegio Pukllasunchis para realizar talleres de música. La intención era quedarse un año pero terminó estableciendo su residencia en el Cusco, repartiendo su bagaje de experiencia a toda una generación de niños que han sido sensibilizados en el ámbito de la buena música y han optado por tocar diversos instrumentos.

Paralelo a su trabajo en Pukllasunchis, Flor Canelo fundó hace diez años, junto a otros músicos la Asociación Cultural Qantu donde se fue desarrollando una propuesta de educación musical que diera mucha importancia a la formación auditiva; que fuera bastante lúdica para que fuese agradable aprender a los niños y que incluyera muchos aspectos del folcklore.

Al optar por una primera experiencia de escuchar y hacer, sin seguir los cánones de la enseñanza de partituras y al recurrir al juego como parte de la formación, se le ha quitado solemnidad al acto de aprender a tocar instrumentos y se ha encontrado una forma mucho más amena de entrar en el mundo de la música erudita o si se quiere decir, más elaborada.

Esta propuesta encaja perfectamente con la metodología creada por Shinichi Suzuki, músico y pedagogo japonés quien, en el siglo pasado, revolucionó la enseñanza de la música clásica con su método que forma parte, además, de toda una filosofía de vida. Lo que Suzuki se proponía no era formar grandes concertistas, sino que la música contribuyera a formar mejores personas que fuesen más sensibles, más tolerantes, más abiertas y que, con esas personas, se pudiese hacer un cambio en el mundo, logrando que éste fuese más humano.

Los profesores que trabajan en la Asociación Qantu comparten la misma filosofía. Qantu es la primera institución en el Cusco que aplica el Método Suzuki, destinado a gente de todas las edades, pero que principalmente, por sus características, se acerca de manera eficaz a los niños. El gran aporte, en este caso, es que además de la música clásica, se da igual importancia a composiciones del folclore tradicional peruano y latinoamericano. Además, para complementar el trabajo de Suzuki, se aplican también otros métodos de enseñanza de los elementos de la música, lo que vendría a ser el aprendizaje de la teoría y la lectura.

Flor Canelo, directora de la Asociación Cultural Qantu

Trabajar con niños es una buena experiencia y esto lo sabe la maestra Canelo, ella dice que “por regla general a todos los niños les gusta la música, pero si realmente uno quiere inculcarles el amor por ésta, hay que hacerles escuchar buena música, hacer que asistan a conciertos, hay que cantar con ellos, palmear, bailar y hay que llevarles a donde vean que otros niños están tocando. El niño tiene un potencial musical muy fuerte. Su potencial es mucho mayor que el que tenemos nosotros y depende de sus padres y de su ambiente que el niño lo desarrolle”.

Estos años han sido de satisfacción para los profesores de Qantu pues su trabajo está cosechando frutos. Hay chicos que se están dedicando a la música como carrera profesional, algunos de ellos en el extranjero. Una de sus alumnas ganó hace dos años el Premio Nacional de Violín, otra ha sido elegida como Joven Talento en el Festival Internacional de Guitarra, y como ellas existen otros jóvenes que están haciendo un trabajo importante.

Un paso decisivo es el haber impulsado, junto a otras instituciones, la formación de la Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil del Cusco, cuyo concierto inaugural fue el 27 de diciembre del año pasado.

Nos queda decir que el panorama de la música en el Cusco comienza a entrar en un primer estado de ebullición y esperemos que esta enriquecedora actividad se expanda todavía mucho más.


 

Martín Valencia toca el violín desde los 13 años, ahora tiene 16, él considera que ha empezado un poco tarde, sin embargo, a estas alturas, está seguro de que se va a dedicar a tocar violín profesionalmente. Con madurez poco usual en los chicos de su edad, responde a esta entrevista que intenta ser el testimonio de una generación joven que busca ir más allá en las cosas y que frente a todas las opciones que encuentra actualmente, elige aquella que piensa, le hará crecer como ser humano.

¿Cómo te decidiste a tocar el violín?

Una vez asistí a un concierto de violín, me gustó tanto que entonces decidí que quería aprender a tocar este instrumento.

¿Con quién aprendiste?

Comencé primero con Enrique Pinto y actualmente estudio con Amy Tai de Qantu. Durante las vacaciones de verano me voy a Lima a tomar clases con un profesor del Conservatorio de Lima.

¿Qué tiempo de tu día le dedicas a la música?

Depende, si tengo un concierto por tocar, le dedico bastante. Normalmente unas tres horas al día.

¿Te piensas dedicar profesionalmente a la música?

Definitivamente, pero me gustaría estudiar en el extranjero porque creo que fuera del país hay más opciones para un músico y existe un nivel de profesionalismo mucho mayor.

¿Con qué metodología estudias?

Estuve utilizando el método Suzuki que es muy bueno para enseñar sobre todo a niños, pero si quieres continuar ya en serio tienes que seguir con otros métodos. Actualmente, continúo con el Suzuki pero implementamos otros métodos distintos.

¿Qué tipo de música te gusta tocar más?

Toco música clásica que es la que más me gusta. Es un tanto más elaborada. La música folklórica me gusta pero no tiene la misma complejidad de la música clásica. Claro que hay compositores como Armando Guevara Ochoa que tiene un trabajo extraordinario.

¿Qué ha aportado la música en tu vida?

Para mi es algo muy especial. Muchos ven a la música como un relajante o se quedan en lo bonito de los ritmos, pero yo creo que va más allá, es una de las pocas cosas que abarca al humano como un todo. Es lo que algunos personas llaman una herramienta biointeligente o sea trabajas el área cognitiva, el área emocional y la parte física. Es bastante completo y en verdad te transporta, es un verdadero viaje.

¿Tienes oportunidad de compartir tus intereses con la gente que te rodea?

La verdad es que no mucho, tengo un grupo de amigos, la mayoría se dedica a la música pero lo que falta son más espacios para compartir la música.

¿Cómo se toman tus amigos el aprendizaje de la música?

Muchos la toman como un complemento a otras actividades, o sea, piensan estudiar otra profesión. Tengo amigos que la están tomando en serio, uno de ellos está actualmente en el Conservatorio de Música de Lima.

¿Es difícil estudiar música?

Es un poco difícil pero bastante gratificante, lo que ganas supera bastante el esfuerzo y estudio que puedas dedicarle.

¿Tienes experiencia de conciertos?

El método Suzuki lo que intenta es poner al alumno en la situación de enfrentar al público y tocar en todos los conciertos que pueda haber. En general son conciertos grupales, pocas veces uno enfrenta solo al público.

¿Qué destacarías de la música tradicional del Perú?

Me gusta mucho la música ayacuchana, creo que es de las más elaboradas. Como te dije, el maestro Guevara Ochoa tiene un trabajo importante y por otro lado, me gustaría saber más de la danza de Tijeras.

 


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